domingo, 19 de enero de 2014

De mar y café

Siempre me gustó el sonido del mar. Por otro lado, ¿a quién no? Es bonito pensar lo que puede relajar y la fuerza con la que las olas rompen en las rocas, una cosa contrastando con la otra. En mi ciudad no había mar, ni el cielo estaba siempre tan cargado de nubes bajas que parecía que querían juntarse con el agua. En Donostia todo había sido siempre más digno de escribirlo.
Natasha Neda
Algunas gotas de agua de mar, otras de de agua de lluvia, ya han mojado mi abrigo verde oscuro. El pelo, a pesar de ser corto, se me mueve por el viento.
Adoro observar a la gente frente al mar. Nadie es igual. Están los acobardados, que miran alejados, los deportistas, que ven deporte y no mar, los técnicos, que ven vida, los soñadores, que invocan a la libertad con miradas cargadas de pensamientos, los suicidas, que buscan el fin, los atareados con traje, que lo ven como si vieran un simple bolígrafo azul. Y así muchos más grupos. ¿De cuál seré yo? Giro la cabeza buscando a quién observar. Y entonces encuentro la casualidad de mi vida, la más grande, la que buscaron Otto y Ana en el círculo polar. Pero aún así me callo un rato, observo. Frente al mar, no sé qué es. Arte, pensamientos, cautela, experiencia, abstracto, bohemio, conocido. Aún no ha tirado su gran abrigo de imitación a lo antiguo, y sus gafas si bien no son las mismas, tampoco distintas. Veo que conserva su amor al calzado también. Silencio. Pero entonces ocurre, despiertan mis labios, pronuncian su nombre tartamudeando. Al momento me arrepiento, como quien se arrepiente de cortarse el pelo pero al día siguiente se ve hermosa. Afortunadamente, él no me hace esperar tanto. Cuando giro mi cabeza, avergonzada, asiente y dice que ese es su nombre, que cómo lo sé.
Larga historia.
- Estaba platónicamente enamorada de ti en el instituto.
Es curioso cómo hace un año me habría muerto de vergüenza y ahora hasta me permito una sonrisa.
- ¿De qué año eres?
- A esta edad, que me saques cuatro años no son tantos, ¿no?
No sé cómo, si ya me arrepiento de mi comentario, le he hecho sonreír.
- Si tienes edad para tomar café y que así te pueda invitar a uno, son son tantos.
Ahora es mi turno de sonreír.

De pronto, ahí estoy, en la ciudad de mis sueños, con mi jersey de la suerte, tomando un café con el chico más abstractamente hermoso que he conocido.
☕️
Ha acabado la carrera este año, cuando yo empiezo, San Sebastián es su paraíso particular y no soporta el azúcar en el café.
Yo me acabo de mudar, he empezado a estudiar cine y quiero su sobre de azúcar para mi café.
Pero el café no solo se enfría, como dice la gente con aires de filósofos, también se acaba.
Me da su número, y le doy el mío. Sale por la puerta antes que yo, que quiero memorizar cada detalle de ese miércoles en el café. Y es que nunca me han venido muchas casualidades, así que la suya no será difícil de recordar, ya que me muero por conocerle, por saber qué es lo que piensa, por abrir todas sus puertas. 
Abre la puerta de la cafetería para salir tras haber pagado.
- Me debes un café.- dice.
Y lo siguiente que veo es su abrigo haciéndose pequeño en el horizonte, hacia el mar.